
Doctor en Biología y profesor contratado doctor en la Universidad Rey Juan Carlos y forma parte del Instituto de Investigación en Cambio Global, en el grupo de investigación AQUA (Grupo de Alto Rendimiento en Biodiversidad y ecología de las aguas dulces). Su investigación se centra en las comunidades de invertebrados fluviales y su papel en los flujos de energía y nutrientes desarrollando cuestiones tanto de ecología básica como de aplicaciones prácticas en la conservación.
Una parte desproporcionadamente grande de las especies del planeta desarrolla al menos parte de su vida en charcas, lagunas, lagos y ríos. Por ejemplo, un 13% de los vertebrados no marinos registrados en el estado español son peces no marinos y anfibios, esto es, especies asociadas obligadamente a las aguas continentales, fundamentalmente ríos. La desproporción salta a la vista si tenemos en cuenta que las aguas continentales cubren aproximadamente el 1% de la superficie del país. No se trata de una característica particular de los vertebrados o de la geografía ibérica. Al calcular la densidad mundial de especies (número de especies diferentes por unidad de superficie), nos encontramos de nuevo con valores máximos en las aguas continentales.
La diversidad de los organismos de ríos y lagos también beneficia a los organismos terrestres al proporcionar alimento a numerosos depredadores terrestres. Los insectos acuáticos son muy importantes manteniendo esta conexión porque gran parte de ellos se transforman en adultos voladores que son consumidos en el medio terrestre. Salvo en lugares y momentos muy concretos, no aportan grandes cantidades de alimento, sino sustancias escasas para los organismos terrestres como ácidos grasos polinsaturados Un estudio reciente con papamoscas gris lo muestra: los pollos tienen mejor condición corporal cuanto mayor es la concentración de esos ácidos grasos en su sangre y dicha concentración es mayor en los insectos acuáticos (línea azul) que en los terrestres.
Las especies de aguas continentales están desapareciendo a un ritmo incluso mayor que las especies terrestres. Ambos grupos se enfrentan a cinco problemas generales: degradación de hábitats, cambio climático, liberación de tóxicos, sobreexplotación de poblaciones y especies invasoras. Sin embargo, los organismos de aguas continentales soportan el impacto adicional de las extracciones masivas de agua, que alteran gravemente sus ecosistemas e incluso llevan a su desaparición física. Detener esta crisis de biodiversidad necesita acciones decididas a escala global y local.
A escala local, que es en la que centro el resto de la charla, necesitamos que los ríos mantengan un hábitat adecuado y capacidad para proporcionar alimento para la fauna fluvial. «Hábitat adecuado» incluye a las características químicas y físicas del agua y a otras dos cuestiones más fáciles de olvidar: (a) su heterogeneidad física, esto es, la variedad de ambientes que permite la convivencia de especies con requerimientos ambientales diferentes y (b) el régimen hidrológico natural: caudales en cantidad suficiente y que varían de la forma esperada a lo largo del tiempo, porque generan así las condiciones y presiones selectivas a las que los organismos locales están adaptados. «Alimento» engloba a (a) algas y a otros organismos fotosintéticos que son consumidos directa o indirectamente dando lugar a la red trófica verde y (b) materia orgánica procedente del sistema terrestre que dará lugar a la red trófica marrón.
Desde hace más de cincuenta años sabemos que en la mayor parte del recorrido de los ríos, la red trófica marrón es decenas de veces más importante que la verde. Esta última solo predomina donde el río recibe pocos aportes de materia orgánica desde el sistema terrestre.
Las entradas de alimento desde el exterior también son cruciales para los ríos de la Sierra de Guadarrama. Salvo en los tramos a mayor altitud o en los que el bosque ha sido destruido, la hojarasca procedente de las riberas es el sustento principal de la fauna. En otras palabras, los vertebrados de nuestros ríos, como las truchas, los mirlos acuáticos o las ranas patilargas son, fundamentalmente, hojarasca transformada.
Además, los bosques de ribera en estado natural proporcionan grandes cantidades de madera a los ríos. Su función principal no es proporcionar directamente alimento, sino generar obstáculos que aumentan la variedad de ambientes fluviales. También se ha comprobado que las ramas y raíces sumergidas actúan como refugio para las larvas de anfibios y de peces, lo que les ayuda a evitar la depredación. La madera también favorece la acumulación de hojarasca en el río, creando zonas donde mantendrá gran abundancia y producción de organismos.
Dentro del río, la hojarasca es colonizada por microorganismos, en gran parte hongos, y por invertebrados que la descomponen a una velocidad que depende en gran parte de la especie de árbol de la que procede. Especies como los abedules, generan hojas blandas, ricas en nutrientes y pobres en lignina, por lo que se descomponen más rápidamente que las de pinos o robles, que tienen las características contrarias. En estas décadas también hemos aprendido que, tras entrar al río, las hojarascas de descomposición más rápida son las más consumidas por los invertebrados descomponedores porque son buena fuente de elementos escasos como el nitrógeno. De esa manera, surgió la idea de que las hojas de descomposición rápida tienen mayor valor para la fauna.

Sin embargo, recientemente hemos visto que las hojas de descomposición más lenta se convierten en una fuente importante de alimento cuando transcurre suficiente tiempo. Su lenta descomposición hace que conserven nutrientes durante más tiempo, por lo que siguen siendo un recurso valioso cuando las especies de descomposición rápida ya han agotado gran parte de los que contenían inicialmente. De esta manera, los invertebrados llegan a consumir la hojarasca de descomposición lenta a tasas similares a las de la hojarasca de descomposición rápida.
Recuperar la naturalidad de los bosques de ribera de la Sierra de Guadarrama beneficiaría también a la biodiversidad de los ríos. La gestión forestal del pasado redujo la abundancia de árboles de ribera como abedules, álamos temblones, arraclanes y sauces, cuya hojarasca se descompone rápidamente. Como su recuperación está siendo lenta en gran parte del territorio, hoy predominan en las riberas de la Sierra de Guadarrama pinos albares y robles melojos, cuyas hojas se descomponen mucho más despacio. Favoreciendo a las especies de ribera originales recuperaríamos las entradas de materiales de descomposición rápida que alimentarían a los organismos de la red trófica marrón durante el otoño. Durante el resto del año, la comunidad consumiría la hojarasca de pinos y robles. Además, las especies de rápida descomposición suelen tener vida más corta por lo que incrementarían la entrada natural de madera a los ríos, proporcionando beneficios adicionales para la conservación de la biodiversidad fluvial.



