El tritón alpino en Guadarrama: de especie legendaria a especie a eliminar

Jaime Bosch
Instituto Mixto de Investigación en Biodiversidad. CSIC - Universidad de Oviedo
 

Doctor en Biología, actualmente es director e investigador del Instituto Mixto de Investigación en Biodiversidad (IMIB, CSIC-UO-PA). Sus investigaciones se centran en el comportamiento y la conservación de anfibios frente al impacto del cambio climático y las enfermedades emergentes. Desarrolla soluciones aplicables en el medio natural, abarcando desde la dirección de programas de seguimiento y ciencia ciudadana, hasta la gestión de cría en cautividad, reintroducción de especies amenazadas y erradicación de invasoras.

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El tritón alpino (Ichthyosaura alpestris) es uno de los anfibios más llamativos de nuestra fauna. De pequeño tamaño —no suele superar los 10 cm de longitud—, durante la época reproductora los machos presentan una vistosa coloración azulada y un vientre intensamente anaranjado. La especie ocupa buena parte de Europa y, en España, su distribución natural se concentra en la cornisa cantábrica, desde Asturias hasta Navarra y áreas próximas del norte de Castilla y León y el País Vasco.

Se trata, además, de una especie protegida. Sus poblaciones españolas se encuentran en declive y actualmente está considerada «Casi amenazada» según los criterios de la UICN en España. Paradójicamente, esta misma especie constituye un problema de conservación en el Parque Nacional de la Sierra de Guadarrama. La razón es sencilla: los tritones alpinos de Peñalara no pertenecen a una población natural, sino que son el resultado de una introducción realizada por el ser humano.

La historia de esta población tiene, sin embargo, algo de misterio. En 1928, los herpetólogos alemanes Robert Mertens y Lorenz Müller citaron la presencia de la especie en Guadarrama e incluso señalaron la existencia de ejemplares procedentes de esta sierra conservados en la Zoologische Staatssammlung de Múnich. Durante décadas, esta referencia alimentó la posibilidad de que hubiera existido una población natural y aislada de tritón alpino en el Sistema Central. Otros especialistas dudaron de la fiabilidad de aquella cita y la especie no volvió a encontrarse durante mucho tiempo.

La situación cambió en julio de 1984, cuando se localizaron un macho y una hembra en celo en una de las Charcas del Pico, a 2119 metros de altitud. El descubrimiento resultaba especialmente llamativo porque el macizo de Peñalara era visitado regularmente por herpetólogos y nadie había observado allí anteriormente la especie.

¿Se había redescubierto una población relicta que había pasado inadvertida durante décadas o se trataba de animales introducidos recientemente?

La genética resolvió el misterio

Los primeros análisis genéticos ya apuntaron hacia un origen foráneo de la población de Peñalara. Finalmente, en un estudio más completo que realizamos en 2017, basado tanto en ADN mitocondrial como en microsatélites, nos permitió confirmar su carácter introducido y reconstruir incluso su procedencia más probable. Los tritones de Peñalara presentan una mezcla genética compatible con ejemplares procedentes de dos localidades de Picos de Europa: el Lago Ercina, en Asturias, y los Pozos de Lloroza, en Cantabria.

Fuente: Palomar G, Vörös J, Bosch J, 2017. Tracking the introduction history of Ichthyosaura alpestris in a protected area of Central Spain. Conservation Genetics 18, 867-876

Desde su descubrimiento, la especie no ha dejado de extenderse. En los años 90 ya se reproducía en 18 charcas y se observaban ejemplares en hasta 57 masas de agua de los Llanos de Peñalara. Posteriormente ha superado esta zona y ejemplares adultos reproductores aparecen regularmente en la Laguna Grande, la Laguna Chica, la Charca de la Mariposa y la Hoya de Pepe Hernando, aunque aún no hay constancia de reproducción en esas masas de agua. El seguimiento a largo plazo muestra, además, una tendencia poblacional claramente positiva desde 1990, y existen evidencias de que el cambio climático está favoreciendo su expansión.

Y aquí aparece la paradoja. Mientras que dentro de su área de distribución natural el tritón alpino es una especie que debemos proteger, en Peñalara su expansión puede perjudicar a especies autóctonas que llevan miles de años formando parte de estos ecosistemas.

Las introducciones de tritón alpino fuera de su área de distribución natural no son exclusivas de Peñalara. Se conocen poblaciones introducidas en distintos lugares de Europa, entre ellos Inglaterra, Países Bajos y Francia, e incluso en Nueva Zelanda, prácticamente en las antípodas de su distribución original. En España también se han detectado poblaciones introducidas en el Prepirineo catalán, donde actualmente se desarrollan actuaciones dirigidas a su erradicación. Estos casos muestran hasta qué punto una especie protegida en su área de distribución natural puede convertirse en un problema de conservación cuando es trasladada por el ser humano a lugares donde nunca estuvo presente.

Distribucion del tritónDistribución del tritón en la península ibérica.

Un nuevo vecino con consecuencias para los anfibios de Peñalara

El problema no es simplemente que haya «una especie más» en las charcas. La introducción de una nueva especie modifica las relaciones ecológicas existentes.

Las larvas y los adultos del tritón alpino pueden competir con el tritón jaspeado (Triturus marmoratus), la especie de tritón propia de Peñalara. Los adultos también depredan sobre larvas recién eclosionadas de otros anfibios, entre ellas las del sapo partero común (Alytes obstetricans), una de las especies que más ha sufrido durante las últimas décadas en el macizo.

Pero existe otro efecto menos visible y probablemente muy importante. Tanto las larvas como los adultos del tritón alpino pueden infectarse con Batrachochytrium dendrobatidis (Bd), el hongo responsable de la quitridiomicosis. Esta enfermedad causó a finales de la década de 1990 una mortalidad masiva de sapos parteros en Peñalara y estuvo a punto de hacer desaparecer algunas de sus poblaciones.

El tritón alpino reúne varias características que pueden convertirlo en un buen amplificador de Bd. Es relativamente poco susceptible a la enfermedad, puede sobrevivir a la infección, alcanza abundancias elevadas y permanece durante largos periodos dentro del agua. Por tanto, aunque cada individuo no tenga necesariamente una carga de infección muy alta, una población numerosa puede contribuir de forma importante al mantenimiento y transmisión del patógeno.

Esto resulta especialmente preocupante porque el parque nacional lleva años trabajando en la recuperación del sapo partero y del conjunto de la comunidad de anfibios de Peñalara. La presencia de una especie introducida capaz de actuar simultáneamente como competidor, depredador y hospedador de Bd puede dificultar esos esfuerzos.

¿Qué hacer ahora?

Hasta el momento se están retirado los tritones alpinos encontrados fuera de los Llanos de Peñalara con el objetivo de frenar su expansión. Sin embargo, la información acumulada durante décadas de seguimiento plantea la conveniencia de ir más allá y abordar la retirada de todos los ejemplares de Peñalara.

Todavía existen algunas circunstancias favorables para intentarlo. Los adultos permanecen mucho tiempo en el agua y tienen actividad diurna, lo que facilita su localización y captura. Los ejemplares recién metamorfoseados permanecen también durante un tiempo cerca de las orillas. Pero la dificultad aumentaría considerablemente si la especie consiguiera establecer poblaciones reproductoras en masas de agua grandes y complejas como la Laguna Grande o la Laguna Chica.

La historia del tritón alpino de Peñalara ilustra así una cuestión fundamental en conservación: una especie no es «buena» o «mala» por sí misma. Su papel depende del lugar en el que se encuentre. El mismo animal que debe ser protegido dentro de su área natural puede convertirse, cuando ha sido trasladado por el ser humano a otro ecosistema, en una amenaza para especies autóctonas.

Después de más de cuarenta años siguiendo su expansión por Peñalara, disponemos de una oportunidad poco habitual: conocemos de dónde procede la población, sabemos cómo se ha extendido y empezamos a comprender sus efectos sobre el ecosistema. Esa información científica es precisamente la que debe permitir tomar las mejores decisiones para conservar una de las comunidades de anfibios de montaña más singulares de la Sierra de Guadarrama.

 

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